Las palabras del Presidente Kast al iniciar su mandato han dado lugar, en estas mismas páginas, a un intenso debate. Para algunos, tuvieron una sobriedad amenazante: más que buscar persuadir, parecían desentenderse de la tarea de ganarse, a través de las palabras, el corazón de la población. Y la democracia, después de todo, “vive de la palabra y por la palabra”, como escribe Antonio Scurati en su portentoso libro sobre Mussolini y su siglo. Para otros, en cambio, ese tono expresa una tradición que desconfía de las épicas transformadoras y prefiere las soluciones concretas. Lo que quizá no se ha subrayado bastante es el feroz contrapunto entre las palabras de Boric en 2022 y las de Kast en 2026. Pronunciados en las mismas circunstancias y desde el mismo balcón, sus discursos reflejan no solo dos climas históricos, sino dos concepciones de la Presidencia de la República.
Ante una multitud agitada y bajo una luz todavía natural, Boric habló a “todas y todos” en nombre de “el pueblo de Chile”. Las palabras que más repitió —pueblo, dignidad, derechos, democracia, futuro— dibujaban una visión del gobierno como apertura de procesos, escucha de demandas y ampliación de la comunidad política. No fue casual que la figura histórica invocada fuera Salvador Allende ni que el cierre remitiera a aquellas “grandes alamedas por donde pase el hombre y la mujer libres”.
Kast habla cuando la noche ya ha caído. La iluminación nocturna vuelve la escena más teatral, más severa, ante un público que lo ha esperado durante horas con visible disciplina. La clásica soledad republicana se quiebra con la presencia de su esposa, subrayando desde el primer momento un orden más familiar y tradicional. La promesa que se repite es la de “recuperar Chile, nuestras calles, nuestras instituciones”, en el marco de lo que define como un “gobierno de emergencia”. Chile podrá volver a levantarse —anuncia— “con la ayuda de Dios” y con un gobierno dispuesto a restablecer orden, disciplina y autoridad. En esa fórmula se cruzan una retórica de salvación nacional, un imaginario moral y comunitario, y una idea providencial y vertical del poder.
En el breve lapso de cuatro años, el balcón de La Moneda dejó de ser el lugar desde donde se convocaba a una conversación nacional para transformar el país y pasó a ser una suerte de altar cívico desde el cual se anuncia la restauración de la autoridad perdida.
Otro país, otro mundo.
El discurso inaugural del Presidente Kast parece construido como la antítesis del pronunciado por el Presidente saliente hace cuatro años: en cierto modo, ese es su adversario designado. Si el primero invocaba un país que se escucha y se transforma, el segundo ofrece la restauración del orden perdido.
Pero leerlo solo en esos términos sería insuficiente. Para el nuevo Presidente, Boric no sería más que la última expresión de una descomposición mucho más larga. La idea implícita es que la democracia reciente habría erosionado el orden, abriendo paso a la delincuencia, la corrupción, la inmigración y la mediocridad económica. “Nos han entregado un país en peores condiciones de las que podíamos imaginar”, insistió Kast, y por eso Chile necesitaría un “gobierno de emergencia”, capaz de actuar con mano firme y “carácter”, en una clave que remite a Portales y a la primacía del orden sobre la ley, para “recuperar nuestro país, nuestras calles, nuestras instituciones”.
“Recuperar”: ese es el concepto clave. Pero ¿recuperar qué, de quiénes, desde cuándo y para volver a dónde? ¿Cuál era esa supuesta edad dorada de la que fuimos expulsados y que hoy se evoca con nostalgia? ¿Cuándo comenzó su descomposición?
La pregunta, entonces, es cuál es el pasado que se busca restablecer: si el Chile inmediatamente previo al estallido; o el de la Concertación; o el anterior a esta, leído en una clave portaliana de orden y autoridad; o, más atrás todavía, el Chile previo a la ola reformista que se inauguró en los años sesenta y fue truncada en 1973.
Esa pregunta no se responde desde un balcón.